/ junio 4, 2019/ Cuba, FEU, Internacionales, UM

Por: Karla Alonso Leyva/ Página Web. Radio 26.

Eran poco más de las 4:00 de la tarde cuando arribaba a la patria del Libertador. Teníamos una misión, llevar las experiencias del movimiento estudiantil cubano a otros jóvenes del continente. En el salón de espera del aeropuerto internacional de Caracas, nos recibió la calurosa bienvenida de los colaboradores cubanos; lo que no sabía en aquel entonces es que sería testigo de su bondadosa labor.

Llegamos al hotel donde nos hospedaríamos los delegados del XVIII Congreso Latinoamericano de Estudiantes (CLAE) y después de una intensa jornada fuimos a la habitación a descansar. Entré al baño y al quitarme la blusa percibí cómo mis brazos se habían llenado de puntos rojos. Relacioné la erupción con una posible intoxicación y tomé un antihistamínico. Estaba segura de que el síntoma desaparecería la mañana siguiente.

Lista para conocer la realidad de las luchas estudiantiles de los pueblos hermanos bajamos por el desayuno y decidí consultar con uno de los doctores que acompañaba nuestra delegación aquellos puntos que cubrían cada centímetro de mi piel.

Examinó mis pulmones, presión arterial y temperatura y decidió que debería trasladarme a un CDI. De momento sentí un poco de preocupación, lo único que conocía de estas siglas es que habían sido creadas por los comandantes Fidel y Chávez. Montada en una camioneta hacía el primer recorrido por una ciudad rodeada de montañas con grandes edificios y pancartas gigantes. En su afán de no preocuparme, el joven galeno que me acompañaba señalaba con su dedo índice lugares autóctonos de la ciudad de Bolívar.

Llegamos a una unidad militar y me sentí asombrada, pacientes que acudían a ver al doctor y entraban al fuerte confiados de que serían atendidos con amor y conocimientos. Allí nos esperaba el médico, su cabellera era reflejo de años de intenso estudio y formación, sus manos expertas en el arte de sanar examinaban las mías que se enrojecían más cada instante.

Sacó su teléfono celular y fotografió mi abdomen y mi espalda, observó a la enfermera que me hacía un análisis de sangre y le confirmó la sospecha de un posible dengue.

Comencé a asustarme y me sentí triste, unas lagrimitas se escapaban de mis ojos y le pregunté al médico si me dejarían bajo observación médica en aquel lugar llamado Fuerte de Tiuna. Mi preocupación creció cuando de repente llegaron otros facultativos y directivos de la misión médica Barrio Adentro. Entonces las lagrimitas se convirtieron en un montón de lágrimas. Ellos me dijeron que no debía sentirme triste, que estaría como en casa.

No creí eso posible, nunca había estado ingresada y menos sin un acompañante de la familia que estuviese a mi lado o que preparara una dieta que me permitiera recuperarme. Entré a la sala y habían colocado un mosquitero de mi color favorito en la cama, buscaron unas colchas que me guarecieran de las bajas temperaturas del lugar y en menos de nada comenzaron a hacerme análisis. Me acosté y comencé a llorar en silencio debajo de las sábanas, mientras las simpáticas y maternales enfermeras me hacían cuentos y me cuidaban.

Mi primer impacto fue cuando apareció una joven con el almuerzo que me había prescrito el médico. Posterior a eso las enfermeras me prepararon la cena y me convencían de que sería una experiencia para recordar. Ya empezaba a tomarles cariño. Iniciaron las visitas y ellas les aseguraban que sería una medida preventiva para evitar que mis compañeros se enfermaran con el virus.

La mañana próxima otro equipo de galenos y enfermeros me dio la bienvenida y yo también se las di en mi corazón, porque me sentía agradecida por sus cuidados. “Vitico”, como cariñosamente lo llamaban todos, se convirtió en uno de los héroes de mi historia. Con su caminar atolondrado me sacaba conversación mientras alardeaba de un caldo que me preparó que me haría salir de la cama y contra el cual no podían los mosquitos ni el dengue. Durante su horario de trabajo se convirtió en mi amigo, consejero, maestro, pero sobre todas las cosas, en un padre protector, aunque me gustaba decirle abuelo para provocar en él asombro y risas en el resto del personal médico. La realidad es que me encantó su compañía y su gesto de quererme mucho.

La atención de todos fue tan especial, que me sentí apenada, inclusive de una señora que en cada horario llegaba al CDI con mis alimentos y una sonrisa en los labios que me daba ánimos y esperanzas de que pronto me incorporaría con el resto de mis compañeros.

Y así fue con todas las personas, inclusive con profesores del Ministerio de Educación Superior que cumplen misión en la Patria Grande y me llevaron un caluroso abrazo. Hablábamos de nuestra tierra, de las familias que nos esperaban en el hogar, de la comida criolla y de las costumbres del cubano, que sin importar el lugar en que estuviese, ofrece su amistad.

Conocía de la solidaridad, de la Misión Barrio Adentro, de la labor que realizaban en las montañas y los cerros donde los pobres no tenían acceso a la salud y la educación. Hoy no se trata solo de conocer, se trata de vivir su caluroso trabajo, su jovialidad ante las adversidades o las circunstancias que nos impone la vida. Se trata de que aún con la familia lejos y preocupaciones por los hijos, te regalan sus sonrisas y la suavidad de sus manos para que cada paciente olvide el dolor y sienta todo como parte de una aventura que, aunque estemos en otro país, sea como estar en casa.

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