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ASI FUE MARTÍ. (Anecdotario Martiano). Autor: Gonzalo de Quesada y Miranda.
En todos los tiempos la anécdota ha sido, y lo sigue siendo, una de las formas más populares de conocer a los grandes hombres, precisamente por presentar de manera breve algún suceso de su vida o algún rasgo saliente de su personalidad; aunque no es menos cierto que no todas las anécdotas poseen siempre un sello de rigurosa exactitud histórica, porque en ellas influye, sin duda alguna, la impresión subjetiva de las personas que las relatan o escriben.
Naturalmente, el caso de Martí no es una excepción, si bien resulta curioso comprobar que, pese a su fecunda y extraordinaria existencia polifacética, el anecdotario Martiano no es tan copioso como pudiera esperarse.
En 1849 publiqué, con el título de Anecdotario Martiano, un libro con 75 anécdotas del Apóstol de nuestra Independencia, el primero publicado hasta entonces. Esta nueva obra tiene como propósito fundamental ofrecer a los jóvenes cubanos un cuadro exacto y bien perfilado de la extraordinaria personalidad del gran revolucionario cubano.
Algunas de las anécdotas pueden no parecer del todo acertadas, pero han sido incluidas, tras de cuidadosa reflexión, por venir de fuentes evidentemente fidedignas, y porque en cuestiones de anécdotas no debe olvidarse nunca la célebre frase italiana: "Si non e vero e ben trovato".
Hecha esta advertencia, quiero reiterar que he procurado compulsar la autenticidad de las anécdotas, por lo que creo poder afirmar sinceramente que en su mayoría son verídicas.
Gonzalo de Quesada y Miranda.
La Habana, diciembre de 1974.
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Siendo Martí niño, un compañero suyo le mostró ufano un grillo que había capturado, al cual tiraba de un hilo amarrado a una pata.
Martí, lejos de alegrarse del espectáculo del infeliz grillo, que en vano trataba de escaparse, le rogó al amiguito que lo soltara. Y no descansó hasta convencerlo. Luego obtuvo una tijera de su madre, doña Leonor, y libertó al grillo. Respiró satisfecho y contento cuando lo vio, privado de su amarre, perderse entre la yerba.
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Martí sentía un extraordinario cariño por su hermana Ana(Mariana Matilde). Una vez notó ciertos flirteos entre ella y un oficial español, y le pregunto:
- ¿A ti te gusta ese oficial por su apostura y uniforme, o crees que él realmente te puede hacer feliz? Piénsalo bien, porque el corazón me dice que no debieras quererlo.
Pocos días después el oficial tuvo un violento disgusto con otro militar por otra mujer y fue muerto en duelo.
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Cuando el bardo patriota Rafael María de Mendive, maestro y gran amigo de Martí, fue preso por los españoles, acusado de infidente, a raíz de los sucesos del Teatro Villanueva, su joven discípulos acompañaba todos los días a la esposa del poeta, doña Micaela Nin, al Castillo del Príncipe, para llevarle consuelo y comida a quien él amaba como a un padre.
A veces la esposa del educador rompía en amargos sollozos, y entonces el endeble pero resuelto adolescente le decía:
No tenga cuidado, señora, que yo lo vengaré. ¡Ya verá! ¡Ya verá!.
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Martí, Fermín Valdés Domínguez y otros condiscípulos suyos fueron acusados de infidencia a España. Cuando se celebró el consejo de guerra contra ellos, en Marzo de 1870, se presentó como prueba una carta firmada por ambos en que acusaban a un antiguo condiscípulo de la escuela de Mendive de apóstata por haberse alistado en el ejército español. La letra de ambos jóvenes era singularmente parecida.
Al preguntar el fiscal quién de los dos la había escrito, los dos amigos inseparables se levantaron a la vez, como movidos por un resorte, pero antes de que Fermín pudiera atribuirse la paternidad del documento comprometedor, Martí exclamó:
- Pues yo solo he sido.
Y, acto seguido, pronunció un inflamado discurso contra el injusto régimen colonial en Cuba.
Fue condenado a seis años de presidio.
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Debido a las gestiones de José María Sardá, rico contratista catalán y amigo de la familia de Martí, el joven rebelde fue indultado en Septiembre de 1870, debiendo ser confinado en Isla de Pinos.
Al llegar a la finca "El Abra" de Sardá, en Nueva Gerona, donde residió hasta su deportación a España, lo primero que hizo el catalán fue librarlo de los dolorosos grillos. Martí le expresó emocionado su agradecimiento, y le pidió que se los entregara como el obsequio más valioso que podía hacerle.
Cuando Martí se paseaba por la habitaciones de la casa, llevaba los anillos en los bolsillos del pantalón y hundía en ellos las manos como para sentir mejor los hierros que habían macerado su carne. Y de noche los colocaba bajo su almohada para no olvidar el dolor de los cubanos oprimidos y torturados en el presidio político.
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Durante la primera deportación de Martí a España, se encontraron con él, en Madrid, dos estudiantes de Medicina, el cubano Manuel Fraga y el puertorriqueño Manuel Zeno Gandia.
Cuando Gandia, presentado por Fraga, fue a darle la mano a Martí, éste le dijo:
- Un momento... Como usted no me conoce, es preciso que sepa usted antes si un hombre ultrajado, que no ha tomado todavía venganza de las injurias sufridas, es digno de que se le estreche la mano. Quiero que aprecie por sí mismo las injurias..
Y, abriéndose en un portal la chaqueta, le enseño la espalda cruzada de cicatrices del látigo colonial, mientras sus ojos encendidos chispeaban de mal contenida indignación ante el recuerdo de su calvario y el de tantos otros cubanos.
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Cuando Martí se encontraba en Guatemala sugirió que en los institutos se enseñara, reducidas a brevísimo compendio, las nociones fundamentales de los nuevos códigos del país. Un magistrado guatemalteco le arguyó, con egoísmo:
- pero no podemos ser abogados, si se enseña el Derecho en las escuelas.
A lo que le respondió Martí en el acto:
- Pues, amigo, seamos otra cosa. El principio económico debe estarse al provecho de los más.
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8- Hambre, antes de compartir una injusticia.
Siendo Martí, en 1878, profesor de la Escuela Normal Central de Guatemala, José María Izaguirre fue dispuesto de su cargo de director por el presidente de esa República Justo Rufino Barrios. Al enterarse Martí, fue en el acto en busca de su compatriota.
- Lo que han hecho con usted es una acción indigna -dijo-. Voy a presentar mi renuncia inmediatamente.
- No haga usted semejante locura- le contestó Izaguirre, que conocía bien la pobreza de Martí-. Si el sueldo que aquí goza es el único recurso con que cuenta para mantenerse y mantener a su esposa, ¿a qué queda usted atenido si lo renuncia?
- Renunciaré - respondió Martí con firmeza- aunque mi mujer y yo nos muramos de hambre. Prefiero esto a hacerme cómplice de una injusticia.
Y así lo hizo, y pocos días después partió para Cuba.
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En el banquete celebrado en honor del periodista Adolfo Márquez Sterling, en los altos de "El Louvre", en la Habana, a fines de abril de 1879, Martí pronunció un encendido brindis contra lo que creyó que significaba una burla a las aspiraciones separatistas de los cubanos.
-"... por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana" - dijo, con la copa en alto, para agregar con voz vibrante -: "Pero si entrando por senda estrecha y tortuosa, no planteamos con todos sus elementos el problema, no llegando, por tanto, a soluciones inmediatas, definidas y concretas...; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa de los labios...; si con ligeras caricias en la melena, como de domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana."
Y uniendo a sus palabras enfebrecidas la acción, quebró su copa ante el asombro de la concurrencia.
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Fue tan audaz el discurso patriótico que pronunció Martí en el homenaje tributado en el Liceo de Guanabacoa al famoso violinista Rafael Díaz Albertini que el Capitán español Ramón Blanco hubo de exclamar:
- Quiero no recordar lo que yo he oído y no concebí nunca se dijera delante de mí, representante del Gobierno español: voy a pensar que Martí es un loco..., pero un loco peligroso.
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Hallándose Martí en la Habana, después del Pacto del Zanjón, trabajando en el bufete de Miguel Viondi, un empleado del abogado, un hombre sencillo y bueno, pero sin gran cultura, comentó en tono irreverente que el Dr. José Antonio Cortina disertaría aquella noche en el Liceo de Guanabacoa sobre "un inglés" que pretendía demostrar que el hombre descendía del mono.
Una explosión de risas recibieron sus palabras. Sólo Martí calló, para exclamar luego, lleno de indignación, dejando al empleado estupefacto por el tono airado de su voz:
- Ese "inglés" de quien usted habla se llama Carlos Darwin, y su frente es la ladera de una montaña.
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12- ¡Martí no es de la raza vendible!.
Al volver Martí a la Habana, después del Pacto del Zanjón, fue detenido, el 17 de septiembre de 1879, por conspirar con Juan Gualberto Gómez y otros compatriotas a favor de la independencia de Cuba.
Las autoridades coloniales le ofrecieron permitirle seguir viviendo en la Isla, siempre y cuando declarase con su firma, en los periódicos de la ciudad, su adhesión al gobierno de España.
-¡Martí no es de la raza vendible!
Díaz después, el 25 de septiembre, salía deportado, por segunda vez para España, en el vapor "Alfonso XII".
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Estando Martí en Madrid, en 1879, deportado por segunda vez, caminaba abstraído por la calle del Prado, cuando tropezó con un carretero. Éste se volvió airado y lo insultó con palabras soeces. Martí, con desusada serenidad, se disculpó y, después de hablarle por algún tiempo, le alargó una moneda.
- Quiero que en mi nombre ofrezca usted unos dulces a sus chiquitines- le dijo.
El carretero no salía de su asombro, mientras Martí le sonreía con bondad.
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Al poco tiempo de llegar Martí a Nueva York, después de su segunda deportación a España, conoció a Charles A. Dana, director del periódico The Sum.
- ¿Cómo se gana usted la vida?- le preguntó sin rodeos Dana.
- Con mi pluma.- le respondió Martí.
- Muy bien. dijo Dana-; me puede usted hacer algunos artículos para el Sum sobre literatura o cualquier otra de las artes que le interese.
- Pero- sugirió Martí dudoso- no domino suficientemente el inglés todavía.
- Puede usted entonces escribir en cualquier idioma- contestó Dana-. Yo me ocuparé de la traducción.
Y desde que recibió el primer artículo de Martí, Dana admiró tanto su su extraordinaria nobleza de alma que, cuando el Maestro cayó en Dos Ríos, escribió en su periódico: "De tales héroes no hay muchos en el mundo".
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En cierta ocasión el propietario de un restaurante cubano de Nueva York ofreció un almuerzo en honor a Martí. Aunque la comida era frugal, el dueño pidió prestada una magnífica vajilla que incluía hasta enjuagatorios.
Al final de la fiesta, uno de los comensales al encontrar un pedazo de limón en su enjuagatorio y no estando acostumbrado a tal práctica, pensó que se trataba de una limonada y se la bebió. Sus vecinos comenzaron a sonreírse, pero Martí, percibiendo la ofuscación del hombre, con toda seriedad alzó su enjuagatorio y se bebió el contenido.
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Hablando doña Angela del Castillo de Fernández con Martí, en Nueva York, sobre la muerte de Ignacio Agramonte, le informó que conservaba en unos pomitos cabellos del Bayardo Camagüeyano y tierra de Jimaguayú, lugar donde cayó por la independencia de Cuba.
Al enseñarle las reliquias, Martí se puso de pie, y, con el rostro transfigurado y más pálido que de costumbre, apretaba los pomitos como si sintiera en su corazón la caída del héroe.
Mientras, los ojos se le habían llenado de lágrimas.
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Cuando Martí llegó a Caracas, "al anochecer, sin sacudirse el polvo del camino", y sin preguntar "dónde se comía ni se dormía", se encaminó directamente a la estatua de Bolívar.
Y el viajero, "solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo".
Lloró de honda emoción y le rindió tributo a Bolívar, porque entendía que todos los americanos deben querer al libertador como a un padre, por haber luchado por la independencia de "Nuestra América".
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Al visitar Martí la residencia del general Grant en Mount Mac Gregor, convertida en museo, lo emocionó profundamente ver cómo se conservaban los efectos personales del notable guerrero, la cama en que murió, el último frasco de medicina y la cuchara con que se le administraba.
- Esta es la verdadera manera de rendir homenaje a los grandes de la patria -dijo-.
Sencillez en vez de costosos monumentos. Veneración, por los que visitan este lugar.
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A pesar de su ruptura con Máximo Gómez y Antonio Maceo, en Nueva York, en 1884, por no estar de acuerdo con sus planes revolucionarios, Martí asistió más tarde a una magna asamblea patriótica en "Tammany Hall".
El primer orador, Antonio Zambrana, aludió a Martí, asegurando que los que no apoyaban el movimiento era porque tenían miedo y que, por lo tanto, llevaban sayas en vez de pantalones. Martí irrumpió entre la muchedumbre como un bólido, y, llegando hasta la tribuna, pidió la palabra.
Al tocarle su turno, y después de empezar por pedirle a Gómez que se preservara para la embestida final, para la acometida sagaz y coordinada que irremediablemente terminaría con el dominio a español a Cuba, se encaró con Zambrana, diciéndole:
- Y tenga usted entendido que no solamente no puedo usar sayas, sino que soy tan hombre que no quepo en los calzones.
Y acercándose a su detractor, agregó con actitud violenta:
- Y esto que le digo se lo puedo probar como y cuando usted guste, y si es ahora mismo, mejor. Intervinieron entonces Maceo y Crombet, evitando que el incidente tomara mayores proporciones.
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La nochebuena de 1887 Martí está cenando en casa de Miguel Fernández Ledesma, en Nueva York. Durante la cena se presenta un grupo de cubanos pidiendo dinero para un pobre tabaquero que se encuentra agonizando.
Fernández les da dinero, y Martí quiere hacerlo también, pero ya sus últimos centavos han aliviado a otros exiliados aquella noche. Los hombres se marchan. Martí, preocupado, insiste en ir a ver el enfermo, y lo acompaña Fernández. Cuando llegan a la dirección que se les había dado, en vez de un moribundo encuentran una alegre fiesta.
Fernández increpa a los presentes, diciéndoles que, ahora, cuando un verdadero necesitado venga a pedir ayuda, se le negará. Y al salir del cuarto le dice a Martí, con asco incontenible:
_ ¡Qué bajeza!
Pero el maestro le contesta con filosófica bondad:
-¡No se queje, Miguel! ¡Bien vale los diez pesos que usted les ha dado a estos desdichados la lección que hemos recibido! ¡Qué lección! ¡Hay que levantar a esos hermanos, para hacer de ellos hombres dignos que sientan la necesidad de ayudarnos a libertar a la patria!.
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Martí visita con una familia de cubanos en Nueva York la colección de cuadros del multimillonario Vanderbilt. Goza contemplando aquellas obras de arte, y cuando una señora camagüeyana declaró que de todos los lienzos el que más le había gustado era un cuadro muy pequeño de un notable pintor, Martí exclamó pleno de contento:
- ¡Tiene usted razón; como que es la obra mejor y más costosa que posee Vanderbilt!
Y así era en efecto.
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22- Proporcionar placer a los demás.
Por aquel entonces, por los años noventa, era ya una prometedora pianista la niña María Mantilla.
Y Martí la llevó con él a "La Liga", sociedad de instrucción para los cubanos y puertorriqueños negros, para que les tocara el Minuet de Paderewski o la pieza rusa El mujik.
- Es un deber- le decía Martí a la niña amada- proporcionar placer a los demás.
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Era Martí hombre cortés, de finos modales, de lenguaje correcto, al extremo de que en sus numerosos escritos, y aun en el fervor empleó una palabra vulgar o insultante para nadie, ni para los enemigos.
Un día oyó a los hermanos de María Mantilla hablándole con cierta rudeza, y los amonestó:
-A que no le hablan así a la hija del vecino o a cualquier extraña; ¿por qué lo hacen con su hermana que merece más delicadeza y ternura que los de afuera?
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Estando Martí y el joven Alberto Plochet en un parque de altas rejas, en Coney Island, cerca de nueva York, le sorprendió un gran vocerío y mucha gente huyendo de un león que se había escapado de una exhibición de fieras.
Martí permaneció tranquilo, sin moverse, y cuando el león llegó a los barrotes, se detuvo, iniciando el movimiento espasmódico de las fieras enjauladas.
Después que los guardianes habían llevado al león a su jaula, Martí le dijo a Plochet:
- Lo que puede la ley inexorable del hábito. Los años en cautiverio han matado en ese animal la noción de la libertad y se ha dejado encadenar de nuevo, vencido por la costumbre de la esclavitud.
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25- No hay quien no tenga algo bueno.
De niño sufrió privaciones; de adolescente, los horrores del presidio político, la deportación de su amada tierra natal; de hombre, las angustias de la hostilidad de muchos, en su incansable lucha por plasmar la nueva revolución redentora. Conoció a fondo las entrañas humanas. Los cardos y las orugas.
Pero, sin embargo, el jardinero de la rosa blanca, cuando se encontraba rodeado de seres amados, sostenía convencido:
- No hay quien no tenga algo bueno, falta saberlo descubrir.
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26- Juntos hacia idéntico fin, sin que podamos encontrarnos jamás.
Hondamente disgustado y ya distanciados Martí y Enrique Trujillo, director de El Porvenir, éste le pidió a Benjamín Guerra, Gonzalo de Quesada y Modesto A. Tirado que ejercieran su influencia amistosa con Martí para que al menos mantuvieran sus relaciones políticas en bien de la causa de Cuba Libre.
Después de oír atentamente la petición, Martí respondió con serenidad y firmeza:
- Por Cuba y para Cuba, Trujillo y yo seguiremos trabajando en el mismo propósito y en el mismo esfuerzo, pero en la vida ya no somos más que las palabras en un camino de hierro: vamos juntos hacia idéntico fin, sin que podamos encontrarnos jamás.
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27- Por la libertad de nuestra pobre patria.
Encontrándose ya Martí en la calle acompañado de Rubén Darío después de de pronunciar un vibrante discurso en la velada revolucionaria en Hardman Hall en Nueva York, se le acercó un humilde obrero negro y le dijo con cariño mientras le entregaba un lapicero de plata:
-¡Don José! ¡Don José! Aquí le traigo este recuerdito.
- Vea usted- le dijo Martí al poeta nicaragüense- el cariño de esos pobres obreros cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo que sufro y lucho por la libertad de nuestra pobre patria.
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No obstante ser de humilde cuna, Martí era un verdadero conocedor de la buena comida. En Nueva York sabía en qué restaurante modesto se servía a poco precio algún sabroso plato: una minestrona, en el barrio italiano, o un goulash, en una fonda de húngaros.
Mas siempre le gustaba ir acompañado de algún amigo, para que, en agradable charla, compartiera con él la comida.
- Comer solo es un robo - decía, pues lo consideraba "un placer robado al comensal ausente".
Así, cuando podía, invitaba varios amigos a su casa a disfrutar de algún plato típico de nuestras tierras, terminándose la fraternal reunión "con versos y café".
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29- Saludo a la revolución pasada.
Cuando Martí llegó por primera vez a Cayo Hueso, en diciembre de 1891, al bajar del vapor abrazó al anciano patriota José Francisco Lamadriz, presidente de la "Convención Cubana", quien fue a su encuentro en representación del comité organizador de su visita.
-¡Saludo a la revolución pasada! - exclamó Martí emocionado.
-¡Abrazo a la nueva revolución! - respondió Lamadriz.
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Al llegar Martí por primera vez a Cayo Hueso, se le ofreció un lujosos carruaje para conducir al Duval House, de madame Bolio. Pero declinó usarlo, exclamando:
- No, gracias por tanto cariño: ¿dónde podré ir mejor que llevado en alas de la ternura que me tiende mi pueblo?
Y fue de pie, rodeado de los cubanos que se habían congregado para darle la bienvenida.
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Estando en Tampa, a Martí le llamó la atención y le celebró al joven Manuel García Ramírez el alfiler y la corbata lila que llevaba ese día. Representaba una abeja, según el Maestro símbolo de la laboriosidad de los cubanos en la Emigración, que trabajaban sin descanso por la independencia de Cuba.
Por conducto de la patriota Carolina Rodríguez, Cubanacán, Ramírez le regaló a Martí el alfiler y la corbata, quien agradecido le mandó a decir:
- Dígale que nunca he usado más que corbatas negras, por llevar luto por Cuba esclavizada. Pero por su generosidad, usaré la corbata una sola vez, y se la daré luego a otro cubano que la sepa estimar y conservar.
En efecto, Martí durante toda su vida vistió de negro en señal de luto por Cuba.
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32- Los judíos son gente noble.
Encontrándose Martí en Cayo Hueso, en 1892, redactando las bases del Partido Revolucionario Cubano, el lavandero chino, encargando de mandarle de nueva York su ropa limpia, se demoró en hacerlo. Enterado el patriota Teodoro Pérez, encargó a un joven judío que le consiguiera a Martí media docena de camisas nuevas.
Al presentarse el joven, se anunció diciendo:
- Dígale al Sr. Martí que lo desea ver un judío.
-¿Un judío...?- exclamó Martí -. ¿Será que como predico la redención de la patria pretende seguirme como a un profeta? Dígale que pase, que los judíos son gente noble.
El joven le tomó las medidas, y Martí pudo presentarse pulcramente vestido, como era costumbre suya, en los actos patrióticos en el histórico Cayo.
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En un almuerzo ofrecido a Martí en casa de un obrero, en Cayo Hueso, se sirvió un plato de puro origen mambí. Se le pidió por los comensales que dijera lo que era, y, al no acertar, Serafín Sánchez explicó que se llamaba "pan patato" y cómo se confeccionaba y que era comido por los mambises en la guerra de los Diez Años.
Martí tomó un buen pedazo, y, después de saborearlo, exclamó:
- Esto es delicioso comerlo, y santo rememorarlo, entre los que tendrán que llamarse camaradas.
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Al preguntársele a Martí cierta vez por qué atendía a algunos elementos que no parecían leales a la causa cubana sino más bien resultaban sospechosos, explicó:
- Dejádmelos a mí: no os enojen mis marcadas atenciones y cariños para con ellos. A los malos hay que quererlos, y ¡y quererlos para algo...! Mi abrazo es, para quien les paga, un reparo, un entredicho, pues se pensará que pago yo mejor y obtengo más servicio, y se dudará de quién es el más espiado; luego mi abrazo es análogo al del oso, que tritura y desarma.
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35- Con los desatinos de España.
Cuando Martí a visitó a Máximo Gómez, en Santo Domingo, en 1892, para invitarlo a que lo ayudara en sus nuevos empeños de independizar a Cuba, el "Chino Viejo", recordando las vicisitudes y divisiones de la guerra de los Diez Años y los inútiles preparativos posteriores para organizar una nueva revolución, exclamó descreído:
-¡Pero es un sueño!
- ¡Realizable!- le respondió Martí sin perder su entusiasmo.
- ¡Imposible! - mantiene el dominicano con desaliento, agregando con cierta tristeza-:
Acuérdese del Zanjón.
-Es preciso hacer otra alternativa... No son los mismos tiempos...- arguye el cubano.
- ¿Y con qué elementos contamos?- insiste Gómez, preocupado.
-¡Con los desatinos de España!- replica Martí en tono vibrante y convencido.
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Cuando Martí entró a caballo en la ciudad de Santo Domíngo, lo saludó el dominicano Manuel de J. Galván con esta exclamación:
- He aquí lo que ha faltado hasta ahora en la América: ¡El pensamiento a caballo!.
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Encontrándose Martí almorzando en casa de don Federico Henríquez y Carvajal, en la ciudad de Santo Domingo, en 1892, Carmen, la esposa del noble dominicano, le sirvió una lonja de ternera, diciéndole, con una sonrisa:
- Carne de filete.
Completando Martí:
- Bistec Stanley.
Y es que el beefsteak- oriundo de las islas británicas- acababa de ser enaltecido con el nombre de aquel explorador que hacía poco había logrado rescatar a Livingstone, perdido en las selvas africanas.
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Cuando Federico Henríquez y Carvajal acompañó a Martí al cuarto del hotel en que se hospedaba en la ciudad de Santo Domingo, en 1892, le llamó la atención ver que el cubano sólo poseía una maleta de cuero, no muy grande, y bastante resentida por el uso. Al notarlo, Martí le dijo sonriendo, y en voz baja:
- Es mi equipaje.
Y tan modesto como la maleta, era su contenido, consistente en una muda de respuesto, algunos cuellos, calcetines, pañuelos, y otros efectos personales.
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Un día Alberto Plochet le dijo a Martí:
- Maestro, necesito que cuando Cuba se levante en armas, sea yo uno de los primeros que usted mande y me mande con Flor Crombet.
A lo que le respondió Martí:
- Dichoso tú, hijo mío, que serás de los primeros; si fuese dable, yo no mandaría a nadie, iría de los primeros, e iría con Flor.
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Habiéndole preguntado Martí cierta vez en Nueva York Catalina Aróstegui cómo había salido insurrecto siendo su madre isleña y su padre, primero sargento y luego celador español, hubo de explicar que fue, sin duda, por ver el maltrato que se les daba a los soldados y bestias enla Cabaña, y también por la respuesta que le dio su madre cuando, después de volver de una corta temporada en el campo, le preguntó por qué ella no la trataba como trataban a esos soldados.
- Ella me respondió – dijo - que yo era libre y ellos subordinados y súbditos del rey. Así nació, quizás, en mí la idea de la libertad, el insurrecto que luego hubo de fortalecerse más oyendo, aún como adolescente, las nobles frases de mi maestro Mendive y los cantos de libertad del hombre brotando de los labios maternales de su buena esposa Micaela Nin.
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Poco después de recibirse de abogado, Gonzalo de Quesada y Aróstegui tenía a su cargo, en el importante bufete de Curtis y Colt, en Nueva York, la revisión de los títulos de propiedad de valiosos terrenos en California. Una vez terminada su labor, pasaría a ser miembro de la firma. El ministro de España en los Estados Unidos, que tenía algunos negocios con el bufete y gran influencia en él, consiguió, para perjudicar a Martí en sus trabajos revolucionarios, que los jefes del bufete le indicaran a Quesada que "debía dejar a un lado sus relaciones con el señor Martí.
Quesada renunció inmediatamente a su posición en el bufete. Al informarle a Martí de la carta que había recibido éste le dijo:
-¿Y usted qué va a hacer? ¿Va a perder su porvenir y su riqueza?
- No, Maestro- le respondió Quesada -.
Yo no lo abandono a usted; ya he renunciado a todo.
Martí, emocionado, le dio un abrazo a su discípulo predilecto, y lo llevó a un modesto restaurante, donde solía almorzar.
- Hoy tomaremos media botella de algún vinillo para celebrar su gesto - dijo.
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En un mitin en los Estados Unidos, cierto cubano, más venerables por sus años y sus monumentales barbas blancas que por otra cosa, comenzó a hacer alusiones desfavorables para Martí. Éste, acercándose a él, y mirándolo a los ojos, le dijo:
- ¡Señor Arnao! Las barbas blancas se respetan, pero cuando no se saben llevar, ¿se arrancan!
Y el pseudoprofeta enmudeció en el acto.
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Allá por 1891 era tema obligado en Nueva York el escándalo provocado por un colombiano que, ocupando un importante cargo, se había llevado de una gaveta joyas que no eran suyas. Y, encontrándose Martí en un grupo que comentaba el caso, hubo de exclamar:
- Los suramericanos enviamos trozos humanos putrefactos para que estos países los escarben y examinen; mandamos el rostro ensangrentado de la patria para que estos países lo abofeteen.
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44- No tan sólo de pan vive el hombre.
Gran amante de la naturaleza, Martí basaba en la agricultura el desarrollo de nuestros pueblos, y sentía hondo cariño y gran admiración por los campesinos que labraban la tierra, lamentándose de no haber tenido jamás la oportunidad de sembrar él mismo.
En un viaje de propaganda revolucionaria por la Florida mientras observaba con interés a un anciano que estaba sembrando semillas de pinos, le dijo al jovencito Fernando Figueredo, hijo de don Fernando Figueredo Socarrás, que lo acompañaba:
- Romperse las manos sembrando; el mundo no agradece bastante a los que siembran.
- El agradecimiento debiera ser mayor para los que siembran cosas útiles como el algodón, el trigo y todo lo que sirve de sustento - le arguyó Bernardo.
- ¿Cómo dices eso tú, que eres pintor y estudias música? ¿Tú, que te entusiasma con Víctor Hugo y Amicis? Recuerda que no sólo de pan vive el hombre. ¿Y qué pensarás entonces de los poetas? Todo es necesario y útil para el sustento material y espiritual de los hombres - respondió Martí.
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Cuando el Uruguay nombró a Martí su delegado a la Comisión monetaria Internacional Americana, que se celebró en Waschington en 1891, José Ignacio Rodríguez, cubano yancófilo y secretario de la Comisión, exclamó socarronamente: "¡Miren que nombrar a un poeta para un cargo tan elevado, en que se necesitan grandes conocimientos científicos y prácticos de Hacienda y Economía!"
Sabedor el secretario de Estado norteamericano Blaine, propulsor del congreso y del patrón plata, de que Martí era contrario a sus planes, buscó sobornarlo. Y se le envió precisamente al compatriota burlón como intermediario. Martí lo oyó cortésmente al principio; pero cuando se dio cuenta de su aviesa intensión, lo expulsó violentamente de su despacho.
Y el brillante informe de Martí sobre bimetalismo, en que defendía los intereses económicos de "Nuestra América", destruyó los planes de los banqueros platistas norteamericanos.
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A veces Martí comentaba en Nueva York, con sus íntimos amigos, su triste juventud en la Habana. Y, un día, al hablar de la cárcel, donde estuvo recluido a los dieciséis años, acusado de infidencia a España, dijo:
- He visto en presidio tanta virtud contraria, tantas abnegaciones bruscas por falta de templanza educativa, que no cuento como mis más negros días los que pasé en cadenas. Andando el tiempo, ¡cuántos criminales, seguros de la impunidad, he encontrado a mi alrededor que son más temibles que los presidios españoles!
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Viviendo Martí en nueva York, en la casa de huéspedes de Carmen Miyares de Mantilla, le llamó la atención una vecina que todas las mañanas salía a la puerta con la cabeza llena de rizos recogidos en papelillos y una bata muy fea a despedir al marido cuanto éste iba para el trabajo.
-¡Vean qué mujer- decía Martí con disgusto -, que se compone y sale embellecida para lucirles a los extraños durante el día, y que, sin embargo, al marido sólo le ofrece fealdades de noche!
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Encontrándose un día Martí almorzando en un restaurante en Nueva York con Gonzalo de Quesada, Alberto Plochet y Alberto Plata, este último se rió de un chiste en el momento preciso en que pasaba Enrique Collazo. Collazo y Martí se hallaban por aquel entonces distanciados habiéndose cruzado duras cartas con motivo de la acusación que Collazo la había hecho a Martí de ser un "capitán Araña".
Creyéndose burlado, Collazo se acercó a la mesa, y Quesada, Plochet y Plata se interpusieron para evitar un encuentro entre Martí y Collazo.
Pero Martí, levantándose rápidamente y echando a un lado a sus amigos, le dijo a Collazo, mientras marcaba cada palabra con el índice:
- Cuando yo lo eleve a usted al nivel de mi consideración, será cuando empiece a pensar en cruzarle la cara con una bofetada.
(Indice)
Encontrándose Martí, en un viaje de propaganda revolucionaria, rodeado de los cubanos más pobres y humildes, con los que quiso su suerte echar, entre ellos algunos negros, le preguntó con cierta pretensión otro compatriota de bien vestir.
- Dígame, Martí, ¿cuál es la mejor raza y cuál es la peor?
Martí clavó la vista en su interlocutor, sonrió, y le respondió con gran paciencia:
- Eso es muy fácil de contestar: la peor raza de la tierra es la de los viles. Y ésa, desgraciadamente, se encuentra en todas partes.
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Una brumosa tarde neoyorquina de noviembre, hablaban largamente Martí y el autonomista Nicolás Heredia sobre los problemas de Cuba.
Combatía Martí, con múltiples argumentos y acento convencido, las afirmaciones de Heredia, quien sostenía que en la isla no había ambiente para una revolución.
- Recuerde usted lo que le digo- anunció Martí-. Va a haber más hombres que fusiles, más brazos que machete. Esta guerra no será la guerra de un partido, sino la resultante necesaria de todos los errores que allí se han cometido. Los convencidos, los valientes, serán los que la inicien, después los seguirán los recelosos y apocados, los pseudoindiferentes, los incrédulos, esos autonomistas que usted juzga decaídos, algunos de esos integristas que tanto vociferan y muchos peninsulares que al fin y al cabo olvidarán su procedencia por salvar sus intereses, que entre su patria y sus familias, optarán por sus familias. El hijo arrastrará al padre- y continuó Martí -: Yo soy un emigrado, estoy lejos de mi patria, y he oído claramente, tal vez mejor que ustedes, los latidos de la opinión de mi país. Por un cubano escéptico hallo cien decididos a arrostrar todas las penalidades. ¡Ah!, mi labor más difícil y penosa consiste en ahogar intentonas prematuras, no en conquistar adeptos, que hay bastantes. El combustible está hacinado: la mecha arde en mis manos. Desde Oriente a Vuelta Abajo no tiene el español una pulgada de terreno en que asentar su planta sin peligro.
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En su discusión con el autonomista Nicolás Heredia sobre la situación cubana, Martí le aseguró que sólo los ciegos e insensatos no veían venir la revolución redentora.
- Lo que no haga la indignación o el patriotismo se encargará de hacerlo el hombre – vaticinó -. Yara fue el ensayo y ésta será la representación de la tragedia.
Impaciente, Heredia lo interrumpió bruscamente.
- Señor Martí, es usted un brillante novelista, pero yo carezco de inventiva y veo la atmósfera serena.
A lo que le respondió Martí:
- Usted me habla de la atmósfera, y se trata del subsuelo.
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Al afirmarle Martí a Nicolás Heredia que estaba seguro de contar con la opinión pública cubana y con los recursos para la revolución, el autonomista, aún incrédulo, le arguyó:
-¿Y el jefe? Porque usted es un paisano, y los generales de levita no se estilan en la guerra.
A lo que contestó Martí con plena convicción:
- Soy el delegado, y nada más. Mi papel se reduce a allegar los elementos que otros han de manejar cuando lo estimen conveniente, y cuando suene un tiro todo el estado mayor de la anterior insurrección irá a tomar su puesto en el combate. Mi deber será entonces muy sencillo: morir por lo que amo. Al aceptar mi cargo, el primer convencimiento que me impuse fue el del sacrificio, el de la muerte, y al embarcarme en ese buque he perdido todo mi amor a mi persona y a la vida. Créame usted.
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Al final de la larga discusión entre Martí y Nicolás Heredia sobre los problemas cubanos, el autonomista le dijo:
- Una última objeción, señor Martí. Concedo que usted logre lo que anhela, mas ¿qué será de Cuba en plena independencia? Un país heterogéneo, no formado, sin educación ni aprendizaje, con razas antitéticas...
Y Martí respondió:
- ¡Ésa es la última razón del egoísmo! Y bien, a Cuba independiente no ha de irle peor que a Cuba colonial.
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Martí y Nicolás Heredia se despiden, después de discutir la situación cubana. El autonomista va a regresar a Cuba, y Martí declara que él también piensa volver.
- ¿Cuándo? - le pregunta Heredia.
- Amigo, la ocasión no me preocupa - le dice Martí -. Un incidente inesperado, un mal precio del azúcar, cualquier estímulo imprevisto; y ahí tiene usted la nueva fecha.
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Cuando Martí iba a Tampa, solía vivir en la humilde pero noblísima casa de los esposos negros Ruperto y Paulina Pedroso. Espías españoles vigilaban sus actividades e intentaban agredirlo.
Una noche, mientras Martí dormía, como de costumbre, en el primer cuarto de la casa, los espías tocaron a la puerta. Paulina, que velaba el sueño del Apóstol, abrió cautelosamente la puerta y, al darse cuenta de que se trataba de enemigos, les informó con voz enérgica que el Maestro no estaba ahí.
Al despertarse Martí, y ser informado de lo sucedido, le preguntó a Paulina:
- ¿Les dijiste que estaba?
- Lo negué- Respondió ella.
- Pues debiste haberles dicho la verdad-replicó- Esos hombres son hoy mis enemigos, pero yo haré que mañana sean mis mejores amigos.
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Encontrándose Martí en Cayo Hueso, a fines de 1893, conferenciando con el coronel Martín sobre los planes de conspiración en Cuba, llegaron varios emigrados que él había mandado a buscar. Uno de ellos salió sin decir palabra, marchándose un poco amoscado. Y, entonces, otro de los cubanos le preguntó al Maestro si no le iba a confiar a aquel hombre la misión que le tenían señalada de antemano, a lo que le contestó Martí rápidamente:
- No; porque la fisonomía de ese hombre no responde a su promesa.
Y el tiempo demostró que Martí no se había equivocado.
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Encontrándose martí en la habitación de su hotel, en Costa Rica en 1893, conversando con Antonio Maceo, llegó Antonio Zambrana.
Al ver que Maceo y Zambrana no se saludaron, comprendió que estaban distanciados y exclamó:
- ¿Cómo es posible que dos antiguos compañeros de la guerra: el diputado de Guáimaro y el héroe de los Mangos de Baraguá, se encuentren y no se saluden?
Luego hizo que los dos patriotas se abrazaran reconciliandos, unidos en el común ideal de luchar por la independencia de Cuba.
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En Costa Rica algunos emigrados cubanos criticaron ante Martí muchas cosas que consideraban que Antonio Zambrana había hecho en perjuicio de la buena marcha de la causa de Cuba.
- Zambrana- contestó Martí, quien a veces discrepaba con su actitud- tendrá algunas cosas malas; pero tiene también muchas cosas buenas, y éstas son las que necesitamos nosotros.
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59- Los bandoleros y la revolución.
Preguntando por el coronel Martín Marrero de cómo debían preceder los cubanos cuando estallara la revolución con los bandoleros que operaban en el campo, Martí hubo de declarar:
-Al estallar la guerra, los que estén fuera de la ley no pueden quedar neutrales: tienen que caer al lado nuestro o al lado de los españoles. Estando a nuestro lado, resultaría un bien para ellos y para nosotros. Pues dada la guerra civilizada y horada que implantaremos desde el primer momento, actuando sobre ellos de un modo directo y enérgico de disciplina militar, es de esperase que, cuando menos, se regeneren. Del otro modo, cayendo ellos al lado del enemigo, resultaría todo lo contrario. Por estas razones es necesario que ustedes, cuanto antes, hagan lo posible porque se vayan regenerando.
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60- La revolución y los médicos.
Refiriéndose a los trabajados de conspiración en Cuba, Martí le aseguró en cierta ocasión al coronel Martín Marrero, médico de Jaguey Grande:
- Los médicos seran sin duda los mejores delegados. Sus pasos a ninguna hora, ni en ninguna parte, llaman la atención: siempre son bien recibidos. Todos les deben algo; unos la vida, otros dinero. El médico es quien mejor conoce los secretos de todos.
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.Frecuentemente Fermín Valdés Domínguez y otros patriotas cubanos, al reunirse con Martí en Nueva York, criticaban la actitud de muchos cubanos ilustrados y prominentes de esa ciudad y de Cuba, quienes, no obstante no ser autonomista, censuraban la obra de Martí y entorpecían su labor.
A lo que Martí respondía:
- Hacen ustedes mal en dudar de esos compatriotas nuestros. Yo sé que son cubanos, que no pueden haber olvidado los dolores de la patria. Ellos estarán, todos, a nuestro lado en la guerra.
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Al visitar Martí, por primera vez, en Nueva York, junto con Alberto Plochet, un establecimiento de baños rusos, se entabló una animada discusión con un bañero anarquista, de origen ruso, que por ser un consumado políglota, sostuvo el debate en español.
Cuando el bañero atendía a Martí, vio la marca que el anillo del grillete del presidio político había dejado en la pierna del cubano y exclamó:
-¡Marcado, marcado, y todavía le sobre fe y entusiasmo a este santo varón para ensalzar la santidad del lugar en que se meció su cuna!
Yo también estoy marcado, pero en ambas piernas; me condecoraron en Siberia; son agasajos de la tiranía, premio del martirio. ¡Ojalá que Cuba redimida no grabe huellas peores en su corazón!
Martí, molesto por las últimas palabras, le contestó:
-¿Y acaso el apostolado es una mercancía que se factura; ni no merece ingratitud aquel que pone precio al sacrificio y hace del martirio industria o profesión?
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En una ocasión el joven Luis Rodolfo Miranda le preguntó a Martí:
- Dígame, Maestro, ¿qué entiende usted por libertad?
- La esclavitud del deber -le contestó Martí en el acto.
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Martí no solamente ponía su cerebro y su corazón al servicio del periódico Patria, que fundó en Nueva York para difundir la propaganda del Partido Revolucionario Cubano, sino que también solía ayudar a sus fieles ayudantes Quesada, Sotero Figueroa, Luis Rodolfo Miranda y otros en el transporte de los paquetes de diarios al correo. Y cuando alguno de ellos quería aligerarle el peso, decía:
- Déjeme; es necesario que me vaya habituando a cargar, para cuando en la manigua lleve conmigo el jolongo mambí.
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Martí era de una actividad incansable, no tenía nunca un instante de reposo, y aprovechaba cada momento libre, cuando no estaba entregado a su labor de revolucionario, escritor o periodista, para devorar cuanto libro o escrito se encontraba a su alcance.
Encontrándose un día en casa del Dr. Ramón L. Miranda, que le trajese un libro de la biblioteca. Al llegar el joven a la puerta, le indicó que entrara. Al notar el muchacho que Martí ya estaba leyendo un libro en la bañera, le dijo asombrado:
- ¡Hasta en el baño, Martí!
Y el Maestro le contestó, mientras tomaba el otro libro entre las manos:
-Soy avaro del tiempo.
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Fueron enormes los obstáculos que Martí tuvo que vencer en su incansable labor de unir a los cubanos para la lucha por la independencia de Cuba, que cristalizó con la fundación del Partido Revolucionario Cubano y la guerra de 1895.
Y si bien contaba con centenares de adictos y un grupo abnegado de fieles ayudantes, no faltaban detractores que lo tildaban de "loco", "visionario", y hasta de "farsante".
Cuando sus buenos amigos querían proceder contra los que lo atacaban injustamente, decía sereno:
- No hagan caso a esas injusticias. ¡Es tan fácil censurar la labor ajena...!
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Firmada la Paz del Zanjón, Amalia Simoni, viuda de Ignacio Agramonte, fue a vivir con sus hijos a Nueva York, siendo frecuentemente visitada por Martí, que escuchaba con honda emoción sus relatos sobre el Bayardo camagueyano.
Un día le dijo Martí:
-¡Amalia, Ignacio Agramonte tuvo una compañera! No todos los hombres han tenido la suerte de hallar en la esposa una compañera...
Se refería evidentemente a sí mismo, que no tuvo en Carmen Zayas Bazán esa compañera.
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68- El árbol debe venir sano desde la raíz.
Poco antes de estallar la revolución de 1895 en Cuba, Juan Gualberto Gómez, delegado del Partido Revolucionario Cubano en La Habana, participó a Martí haber recibido para la causa una gruesa suma, proveniente de un secuestro realizado por el bandolero Manuel García. Preguntaba su debía girarla a Benjamín Guerra, tesorero del Partido.
- Devuelva, devuelva usted inmediatamente ese dinero criminalmente adquirido- le ordenó Martí-. Con sumas de tal origen no se va a la honra: el partido quiere que llegue su bandera a los combates sin nunguna mancha: para los que preparamos la guerra, para Gómez y para mí, los bandoleros sólo son criminales, y el dinero que de ellos venga, infama. El árbol debe venir sano desde la raíz.
Y Juan Gualberto Gómez, obedeciendo las órdenes de Martí, devolvió el dinero.
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69- Como si yo fuera frágil reliquia.
Serafín Sánchez, héroe de la guerra del 68, y uno de los generales mambises más queridos y apreciados por Martí, entendía que el Delegado no debía ir a la manigua, sino quedarse en el extranjero, encargado de la propaganda y organización revolucionarias.
Preveía una guerra dura y larga, de avances y reiteradas tácticas, que se dificultaría, además, con la tremenda responsabilidad de cuidar de la preciada vida de Martí. Y así se lo hizo saber.
-¡Qué armas más formidable tendrían mis detractores y los enemigos de Cuba si me quedara en tierra, seguro, alentando a los demás al peligro y a la muerte! Piénsalo bien, Serafín, si es que me quiere como sé que me quiere. Sepa usted que no me expondré irreflexivamente a un peligro innecesario, pero tampoco consentiré que se desatienda cualquier necesidad o acción en el combate para cuidarme y resguardarme como si yo fuera una frágil reliquia.
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Durante los meses que precedieron a su salida de Nueva York para reunirse con Máximo Gómez en Santo Domingo y partir luego para los campos de Cuba Libre, Martí cambiaba a veces de domicilio para eludir al espionaje español, a cargo de una agencia norteamericana de detectives.
Una noche que durmió en el cuarto de Luis Baralt, éste se despertó por los suspiros de Martí. quien no había logrado conciliar el sueño.
-¿Qué tiene?-le preguntó Baralt, alarmado, temiendo que Martí estuviera enfermo.
-¡Ay, las madres! ¡Cuánta sangre y cuántas lágrimas se va a derramar en esta revolución a que voy a lanzar a mi país! -contestó el Apóstol, condoliéndose de los sufrimientos inevitables de la revolución necesaria.
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El 19 de mayo de 1894, martí partía de Cayo Hueso para Nueva York. Ese día estaba desayunando con Fermín Valdés Domínguez y Panchito Gómez Toro, y al terminar le dijo a Fermín:
- Hoy tenemos que retratarnos. Haremos un grupo los tres, y otro que quiero dejar en el Cayo como demostración de gratitud, en donde estemos juntos tú y yo.
Fermín, aunque lleno de alegría, le objetó que creía no merecer retratarse solo al lado de Martí, y agregó:
-¿No te parece que ese grupo de los dos podríamos hacerlo en Cuba Libre?
-No- le respondió Martí con firmeza-.
Allá vamos a morir.
Y los retratos se hicieron en la fotografía del cubano Antonio Estévez. Justamente un año más tarde, Martí caía "de cara al sol" en Dos Ríos.
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En la casa de Mercado, Martí y un grupo de amigos mexicanos han saboreado una vez más el rico café de Uruapan, y el compositro azteca Juan B. Fuentes "hace música", tocando cuatro danzas y un vals.
-¿El nombre de las danzas?-preguntó Martí.
-Luisa, Lola, Alicia y Victoria,los nombres de las tres hijas de don Manuel y el de su hermana política- contesta Fuentes.
-¿Y el vals?-indica Martí.
-Está judío-responde el artista-. Pero si usted le hace el honor de bautizarlo, será para mí un recuerdo imborrable.
Martí se queda pensativo un momento y luego dice con voz pausada:
- Póngale usted ...Luz de luna.
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Durante su corta permanencia en la ciudad de México, en 1894, Martí se sintió enfermo. Don Manuel Mercado, su gran amigo, llamó al Dr. Regino González para que lo atendiera.
En respuesta a la sola pregunta que le hizo el médico sobre la molestia que lo aquejaba, Martí le expuso con tanta claridad los síntomas de su malestar, que sin necesidad de examen el Dr. González pudo extenderle la receta indicada para su curación.
Al salir de la habitación, el médico preguntó asombrado:
-¿Pero quién es este extraordinario señor que me ha hecho tan admirable descripción de su enfermedad?
Una vez más Martí demostró sus amplios conocimientos, inclusive del organismo humano y la Medicina.
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Caminado un día por las calles de la ciudad de México con don Manuel Mercado, Martí se detuvo, silencioso, para contemplar a dos pobres indios. Cargaba el hombre sobre las espaldas un gran huacal, abarrotado de cazuelas de barro y viandas; la mujer llevaba, también sobre las espaldas, a una criatura dormida y resguardada por el típico rebozo mexicano. Con paso lento venían descalzos desde lejos a vender sus mercancías en la capital.
Adolorido, martí los siguió largamente con la mirada, y enmudeció compasivo. Luego exclamó:
-¡Pobrecitos!
Convencido de que mientras no se echara a andar al indio, la América no sería libre.
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Cuando Martí regresaba a Nueva York de un rápido viaje a México en 1894, los hijos de don Manuel Mercado lo acompañaron hasta la estación. Por el camino, Alfonso Mercado le recordó que deseaba su autógrafo. Demostrando su pena por el olvido, Martí saco una pequeña tarjeta del bolsillo, y, pese a los tumbos del coche, escribió:
"Alfonso leal:
Tú quieres, a toda costa, un autógrafo mío.
El único autógrafo, hijo, digno de un hombre es el que deja escrito con sus obras.Tu
José Martí".
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En los últimos meses de los preparativos de Martí para la nueva guerra de independencia, en diciembre de 1894, el Delegado había citado a Mayía Rodríguez, Enríque Collazo, Loynaz del Castillo y a su discípulo Gonzalo de Quesada, para una entrevista. El Maestro, agobiado de trabajo, llegó tarde. Después de saludar afectuosamente a sus compatriotas y de sacudirse la nieve de la ropa, al sentarse lanzó un suspiro, lo que al parecer disgustó a Mayía:
-Usted no debe suspirar, Martí. Yo no suspiré, ni lancé ninguna queja, cuando en la guerra pasada me dieron un balazo en esta rodilla que me destrozó la pierna.
A lo que respondió Martí:
- Mi suspiro no es una queja, ni una debilidad. Mi suspiro es una esperanza. En la península yucateca, en esa tierra dura y brava, hay unos huecos, profundísimos como abismos, llamados cenotes, donde se sacrificaban seres humanos durante siglos para aplacar la furia de los dioses, y donde se arrojaban innumerables ofrendas de oro y pedrería. Los indios de aquellos lugares sostenienen que de lo más hondo, bajo las raíces de los árboles, de la entraña misma de la tierra, suele escapar un angustioso suspiro...
Mi suspiro es el suspiro del cenote.
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Instado martí por sus amigos y admiradores de Nueva York a que permaneciese en esa ciudad y no fuese a Cuba a pelear, como soldado, en las filas de la revolución, hubo de responderles con firmeza inquebrantable:
-Tendría triste concepto de mí mismo si yo me quedara aquí, cuando mis hermanos estén derramando en Cuba su sangre por la causa que yo he predicado. Los irreflexivos que me calumnian gratuitamente no tendrán ocasión de decir que yo lancé mi pueblo al sacrificio y queme quedé fuera del alcance de las balas enemigas.
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Todavía no habían partido Máximo Gómez y Martí de Santo Domingo para Cuba. Insistía Gómez inúltilmente el primero en que el Delegado regresase a Nueva York, cuando Martí entró en el cuarto, a toda prisa, con un ejemplar de Patria donde aparecía un cable en que se anunciaba la llegada de ambos a Cuba.
-Lea- le dijo Martí, enseñándole el suelto.
-Lea, Martí.le pidió Gómez, que daba poca importancia a los papeles.
Tras de hacerlo, Martí le dijo a Gómez, con firme resolución:
- Después de esto, no hay razón que pueda detenerme; voy a Cuba con usted.
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Allá, por 1895, se levantó en el Parque Duarte de Montecristi, Santo Domingo, una torrekiosco-reloj, que recordaba un poco, en miniatura, la famosa Torre Eiffel de París.
Al verla Martí, le dijo al joven patriota Juan E. Bory, copista del histórico Manifiesto de montecristo, que lo acompañaba:
-¡Este reloj marcará muy pronto la hora de la libertad de Cuba!
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Cae la tarde del 15 de abril de 1895 en los campos de Cuba Libre, Máximo Gómez se separa de Martí y conferencia con sus oficiales. El Maestro se queda mohíno, piensa si se trata de algún peligro que no desean comunicarle.
Vuelve el Generalísimo con sus hombres, y le dice enternecido:
-En consejo de jefes hemos acordado reconocerlo en la guerra como el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, y nombrarlo unánimemente, en atención a sus servicios, Mayor General del Ejército Libertador.
Los dos grandes se abrazan en silencio.
Martí se siente conmovido:
-¡"De un abrazo, igualaba mi pobre vida a la de su diez años!"
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Ya en plena manigua, Martí estaba con Gómez y otros libertadores en un sitio conocido por la Trinidad Holguinera, cerca del río Cauto. Mientras el Generalísimo despachaba y la gente preparaba el rancho, Martí hablo largamente con sus compañeros de la independencia de Cuba y las dificultades que tuvo que vencer para preparar la guerra.
Y, al terminar, manifestó solemnemente:
- Quiero que conste que por la causa de Cuba me dejo clavar en la cruz, y que iré al sacrificio sin exhalar una sola queja.
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