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Tomado de dieferentes trabajos publicados en los periódicos Granma y Juventud Rebelde.
Nota aclaratoria: Durante la transcripción de los contenidos que conforman esta página se extraviaron las fichas de los autores que conforman esta semblanza. Por los valiosos testimonios que aportan al conocimiento de nuestro Apóstol se decidió colocar estos materiales en el Sitio Abdala prescindiendo del nombre de sus autores. Si alguno de ellos alguna vez entra a estas páginas les pedimos las más sinceras disculpas. La publicación de sus trabajos de manera anónima obedece a un fin supremo aprender a amar a Martí. El Webmaster.
Semblanzas del Héroe.
En su cuarto de convaleciente, en Tampa, Martí escribió las bases del Partido Revolucionario Cubano (PRC) y en carta a Enrique Collazo _en 1892_ le dijo: "Jamás dejé de cumplir en la primera guerra, niño, pobre y enfermo, todo el deber que a mi mano estuvo (...)".
Alguien que vino de La Habana, trata de hacer ver a Martí que no hay en el ambiente de la Isla los amagos de tormenta que él supone y el visionario le contesta con firmeza: "Usted en verdad me está hablando de la atmósfera y yo le hablo del subsuelo".
Tratan de envenenarlo
Allí mismo en Tampa fue objeto de un vil envenenamiento que por fortuna no logró sus criminales propósitos. Se hallaba solo en la casa una tarde y sintiéndose débil, por sus trajines organizativos y discursos, se sirvió una copita de vino de Mariani, que solía tomar en tales casos, pero al llevárselo a los labios, le halló un gusto extraño y tuvo la rápida intuición de devolver el sorbo antes de ingerirlo.
Cuando llegó de visita el doctor Barbarrosa, quien a menudo vigilaba con celo en esa ciudad la deteriorada salud del Maestro, le encontró sumido en su butaca, con el rostro pensativo y triste.
Martí le comunicó todo al médico y este mandó a analizar el vino. Pero el Apóstol, perseguido en todo momento por los órganos de inteligencia norteamericanos y españoles de aquella época, diestro en una especie de clandestinaje, le dijo con énfasis: "Doctor, de esto, amigo mío, si fuese cierto, ¡ni una palabra!"
En carta a José María Izaguirre, un día de tristeza, pero evidenciando su tradicional agradecimiento, le dice: "Yo voy a morir, si es que me queda el placer de que hombres como usted me hayan amado."
En Mayo de 1873, residente en Zaragoza, España, tuvo que darse una escapada a Madrid, por causa de su enfermedad y el tumor abdominal que le nació en el presidio, volvió a darle quehacer, pues le supuraba y le ardía.
En Santo Domingo
Tres veces Martí viajó a Santo Domingo, en 1892, 1893 y 1895. Hermosas páginas se conocen de esa época febril y creadora del Maestro.
El 21 se Septiembre del primero de eso años, desde la tierra dominicana, en carta al cubano Federico Giraudi, a propósito de un comentario hecho por alguien con insinuaciones sobre los peligros latentes de su precaria salud, , apuntó: "Yo no conozco más muerte que una, y es la de perder la fe en mis compatriotas, y de eso, sé que no he de morir."
José Margarito Gutiérrez, argumentó en una oportunidad pública, que cuando llegó a Cabo Haitiano, el señor James H. Potter, le dijo al insigne cubano: "Señor Martí, usted se mata. Tenga más cuidado con su persona".
Y recibió por respuesta: "Esto es sencillamente un simple ensayo, pues estoy obligado a viajar por meses y años de esta y de peor manera. Mi vida no me pertenece, ella corresponde por entero a mi Patria, Cuba y usted debe saberlo".
Martí en Barahona y en distintos sitios de Santo Domingo, según testimonio escrito por una interesante narración de Carlos A. Motta, anciano de ese país, anduvo mucho tiempo en un mulo y con unas espuelas de plata que él le prestó para que lo llevara a Haití.
Además, por allá el dirigente revolucionario, en casas de amigos, ejerció su condición de hombre en cierto sentido como los demás, pues cocinó frijoles que quedaron "muy sabroso"; frió plátanos como un experto cocinero; se cayó de un caballo, no obstante ser un magnífico jinete; cortó leña con un esfuerzo enorme que le hizo sudar su pañuelo; cargó agua patinando por el fango; practicó tiro con un fusil norteamericano Winchester calibre 73 y sembró un árbol, como todo hijo de buen vecino.
Por esos días el médico cubano residente en tierra dominicana, Francisco González Colarte, dijo de él que era un hombre que batallaba con olvido de absoluto de sí propio, un hombre superior a su salud, que miraba a su reloj para adelantar tiempo a su lucha.
El seis de Mayo de 1893, desde Cayo Hueso, otro día de soledad, escribió Martí a Máximo Gómez: "No puede tener idea de mi vida (...) La fuerza entera he gastado en poner a nuestra gente junta, en trocarles las intrigas al gobierno español. Usted y su casa han vivido conmigo. Ya me verá, ahora que voy hecho un cadáver."
En 1892, llegó por primera vez a Montecristi José Joaquín Montesino, español de nacimiento, hijo de un copresidiario de Martí en La Habana. Este hombre, muchos años más tarde, tuvo a bien relatar en la entrevista que le hicieron en 1945 que cuando llegó allí Martí, a la primera casa a la que se dirigió fue a la de su padre, a las nueve de la noche, pero no se encontraba en el lugar, sino en Dajabón.
Esa misma noche la mamá mandó a buscar a un práctico y en compañía del Maestro, marchó hacia allá para iniciar contacto con su compañero de las canteras y permaneció en vela todo el tiempo, rememorando aquella historia dura y asombrosa que muy bien relató en unos de sus libros clásicos.
M. de J. Troncoso de la Concha, de ciudad Trujillo, reveló sobre estos detalles acerca del Apóstol: "Conocí a Martí en 1892. Yo tenía 14 años (...) lo recuerdo de mediana estatura y delgado. El día que lo vi, vestía de paño azul. Usaba un sombrero de fieltro al parecer muy fino, pues casi se lo introducía dentro del puño. Me pareció que andaba cojeando un poco".
El licenciado A. Salvador González, de Barahona, explicó que José Martí llego a esta población a bordo del velero Lépido. Y que de aquí se traslado a Puerto Príncipe (Haití) por la vía terrestre . En el trayecto, en el lugar denominado Las Lajas, jurisdicción de Duvergé, sufrió una fuerte caída del caballo que montaba, lo que provocó una seria magulladura en la pierna derecha. Increíblemente, el corcel tropezó en un hueco y no pudo por la rapidez del accidente, mantenerse en pie ni el jinete tuvo tiempo de reaccionar como debía. Parece que esa circunstancia le hizo detenerse allí dos días más de lo previsto, hasta sentirse bien de los golpes recibidos.
Desde Cabo Haitiano, en una misiva dirigida a su amigo Sotero Figueroa, fechada el 9 de junio de 1893, le cuenta: "De salud, no muy bien, pero llevo en el alma cierta alegría que puede dar a un hombre bueno el trabajo íntimo en momentos de fundación con la absoluta grandeza de los demás".
Eugenio Deschamps, otro dominicano ilustre, narró que Martí había contado esto sobre su estancia en Santo Domingo por esa época: "Cuando entré a caballo a la capital de usted, no hace dos años, en un peñón de las Antillas, donde nos juntó por unas horas la suerte , me saludó Manuel de Jesús Galván, su compatriota, con esta extraña exclamación: ¡He aquí lo que faltó a la América hasta ahora, el pensamiento a caballo!
El gran Deschamps, en un artículo publicado en La Democracia, en Ponce, Puerto Rico, y reproducido luego en El Porvenir, de Nueva York, el lunes 13 de mayo de 1895, escribió: "Martí es pequeño de cuerpo, delgado, blanco, flexible, nerviosísimo , de negro e indómito mostacho. Su frente ensanchada por la calvicie del estudio, parece casi un cielo en que retozan, holgadas, las ideas. Sus ojos, no muy grandes, más animados y chispeantes cuando habla, como que languidecen cuando calla."
Augusto Franco Bidó lo vio de esta forma por aquel tiempo de trajines revolucionarios: "Lo recuerdo muy bien. Hace tres años que se presentó en mi humilde residencia un hombre joven, de regular estatura, de tez blanca y ojos, pelo y bigote negros, altivo, diligente, cariñoso, franco, de mirada expresiva, verbo elocuente y modales agradablemente cultos."
El Comandante Marcos del Rosario y Mendoza, a quien Martí llamó "el bravo dominicano negro", nacido en El Biso, Santo Domingo, uno de los seis hombres que desembarcaron aquel 11 de abril de 1895 en Playitas de Cajobabo, Oriente, en entrevista que se le hizo en 1936, con su típico hablar, explicó:
"Martí(...) ¡qué damita (...) que hombre delicado (...) él se había criao en lo colegio y era hombre sublime (...) Tenía un anillo hecho de metal de un grillo que le pusieron cuando tenía 15 ó 16 años (...) ya a esa edá luchaba por su patria(....)."
Endulzó la amargura
En días de convalecencia, a la sombra de los pinos de las montañas de Catskill, en 1880, Martí observa una poción de naturaleza y apunta en un cuaderno verde: "Para entender mejor a los hombres estoy estudiando los insectos, que no son tan malos como parecen, y saben más que nosotros."
Aunque un día se siente enfermo, expresa siempre su optimismo, como en la carta al señor Fausto Teodoro de Aldrey, desde Caracas, el 27 de julio de 1881: "(...) ni hay para labios dulces copa amarga, ni el áspid muerde en pechos varoniles; ni de su cuna reniegan hijos fieles."
"Una tarde de malestar físico, el Maestro echó de su oficina al agente electoral enviado por el Secretario de Estado de Estados Unidos, Blaine, quien vino a proponerle ventajas pecuniarias a cambio de 4 000 votos cubanos en la Florida. Se limita a comentar privadamente: "Lástima que no sea del caso decir que mi bombín me costó en el Bowery dos pesos, y ya tiene seis meses... A la bilis habría que temer; pero yo tengo mi retorta en el corazón, y allí endulzo lo amargo."
LA ROPA DE MARTÍ
Verdaderamente no son muchas las fotografías que se conservan en las que se pueda apreciar bien el estado o la calidad de la ropa que en distintas ocasiones vestía José Martí.
No obstante, hay diferentes constancias de que lo hacía humildemente, aunque si con pulcritud y limpieza, propias de su higiene personal cuidadosa, así como de su profunda cultura y de su gran sensibilidad humana y artística.
En Estados Unidos, por ejemplo, usaba generalmente una levita cerrada y casi siempre se le vio con modestos trajes oscuros.
Emilio Rodríguez Demoriz, en su documentado libro Martí en Santo Domingo, refiere que entre tantos aspectos prolijamente revelados, quizás falte el de su pobreza, siempre tan digna y tan estrecha, porque "para él tenía más precio el decoro, que la hacienda".
Dejó dicho el citado historiador que en este sentido el gran cubano "no buscaba el amparo de los ricos, ni desdeñaba el trato de los pobres" y precisamente en sus famosos Versos Sencillos se refleja esta idea: "Con los pobres de la tierra/ quiero yo mi suerte hechar (...)".
O cuando escribió:
"Dénle al vano el oro tierno
que arde y brilla en el crisol;
a mí dénme el bosque eterno
cuando rompe en él el sol".
El propio Martí expresaba antes de redactar esas estrofas, que el lujo era venenoso y enemigo de la libertad, porque "pudre al hombre liviano".
El porvenir, periódico de Nueva York, publicó en 1895 donde se firmaba que el Apóstol vestía en forma sencilla un saco de alpaca negro, pantalón de color, de cuello bajo.
Su Equipaje
Según Salvador Massip, "su equipaje era siempre my modesto. Se reducía a una maleta y a veces un maletín, que contenía unas pocas mudas de ropa interior y lo necesario para la higiene de la boca. Muy pocas veces llevaba de repuesto y mucho menos, ropa de etiqueta".
En una misiva a una jovencita, casi niña, escribió Martí algo revelador en torno a la indumentaria que utilizaba: "Malo es vestir de saco viejo y de sombrero de castor: cualquier tenor bribón con un do en la garganta, le ocupa los pensamientos a una señorita, con tal que lleve calzos lilas y jubón azul, y sombrero de plumas".
En tierra Dominicana
Santo Domingo fue la última tierra que pisó Martí a la vista de todos antes de partir hacia Cuba en son de guerra. En el camino de cactus y de sol de Montecristi a La Reforma, la finca del Generalísimo Máximo Gómez, que recorre allá por primera vez el 11 de septiembre de 1892, se detiene en la casa campestre del cubano Santiago I. Massenet, quien describió así sus impresiones en este aspecto de la ropa que comentamos:
"Aunque vestido decentemente, Martí traía puesto un sombrero de yarey, de anchas alas, de los que por acá cuestan 20 centavos y son excelentes para resguardarse uno de la fiereza del sol (...) ¿Quién podría sospechar que aquel viajero que gastaba tal sombrero es en ese momento la más alta figura de la América?".
Y agregó Massenet en su tiempo: "Los buenos labradores que presenciaron la llegada de mi huésped no pudieron sospechar la talla intelectual y moral del coloso a quien veían por primera vez".
Uno de sus compañeros de viaje por el mundo, calificó la pobreza del Maestro como que "vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropas".
En las ocasiones más exigentes del vestuario, por su precaria situación económica personal- aunque en muchas ocasiones tuvo en su poder los fondos de la recaudación para la lucha- se le veía vestir ropa sin grandes lujos, como cuando visitó el 19 de septiembre de 1892 la casa del Ministro de Relaciones Exteriores de Santo Domingo, con un pantalón corriente a cuadros, saco azul y sombrero de los conocidos entonces como "de Pananá".
Federico Henríquez y carvajal describió el vestuario personal de Martí, allá en tierra dominicana, por aquel año:
"Luego estuvimos en su hospedaje. En la pieza que le servía de alcoba, en el suelo, había una maleta de cuero no muy grande. Ya se resentía del uso. Estaba abierta. Yo me detuve a mirar su paupérrino contenido, no sin sorpresas, i él (respetamos la ortografía del autor) sonreído, dijóme en voz baja:-Es mi equipaje (...) Se componía de una muda de repuesto. Duplicados solo había cuellos, calcetines i pañuelos de mano. Con dos mudas, pero solo con un calzado, todo negro, iba peregrino en ese viaje de exploración de voluntades, i de coordinación de recursos para una acción decisiva de la lucha por la libertad de Cuba".
Un zapatero disimula sus suelas
Distintos testimonios hacen pensar en sus escasos recursos económicos y en su humilde vestimenta cotidiana. El 19 de febrero de 1895, en la calle dominicana de Las Rosas, en Santiago de Los caballeros, exactamente en la casa del hospitalario coronel cubano Nicolás Ramírez, Martí escribió el tema que tratamos: "Esta carta va de sermón, porque un zapatero, que está disimulando unas suelas, me da la media hora de respiro".
Y en mensaje a Gómez, en marzo de ese año, redactado desde Dabajón, le dice: "A Pancho (su hijo) se lo devuelvo (...) lo que no le devuelvo es su capa, que llevo a que me ampare, más que librarme de la lluvia, ni unos pantalones muy cariñosos y ya amados".
Sobre el cubano Salcedo, dijo Martí algo que también ilustra la cuestión de que hablamos: "Sin queja ni lisonja, porque me oye decir que vengo con los mejores suyos, de dril fino azul, con un remedio honroso (...)".
Al visitar en Cabo Haitiano al doctor Ulpiano Dellundé, los zapatos del genio político que rebazó las fronteras de su tierra natal y de su época, y que organizó la revolución de su patria, estaban visiblemente remendados, usaba la capa del Generalísimo Gómez, los calzones del buen Salcedo, y en la camisa había huellas inocultables de las agujas zurcidoras de Manana y de Clemencia.
El propio Gómez, el nueve de marzo de 1895, en carta a Francisco Gregorio Bellini, lo dijo todo en un párrafo: "Allá va Martí, con su cabeza desgreñada, sus pantalones raídos, pero con su corazón fuerte y entero para amar la independencia de su tierra".
El último traje
Lo má visible de la pobreza de Maestro- coinciden en señalar varios autores- fue su último traje.
Precisamente fue el Generalísimo Gómez quien en Marzo de aquel año llevo a martí a la pequeña sastrería de su amigo don Ramón Almonte, ya que el propio revolucionario cubano había decidido renovar al fin su pobre vestidura. No queria tener la apariencia de un despreocupado y en ocasiones su deteriorada ropa contrastada negativamente junto a uno de los más humildes amigos dominicanos, el generosos y noble Marcos del Rosario y Mendoza, quien vestía una flamante y típica chamarra de fuerte azul.
La sastrería de "Monguín", como cariñosamente llamaban al sastre dominicano, quedaba- solo a una casa de por medio- casi contigua a la vivienda de madera y techo de zinc que el Generalísimo había adquirido por 400pesos, en la calle Núñez de Cásares, en Montecristi.
Llamaba mucho la atención, digamos de paso, la bandera cubana pintada en el techo, en el hogar de su familia durante toda la guerra de 1895. La vivienda fue comprada por el previsor Gómez de sus economías y de las liquidaciones que venía realizando en La Reforma.
Pocos sastres en la historia de América han tenido el privilegio de "Monguín", de tomar las medidas y confeccionar las ropas del más extraordinario poítico del continente.
Gracias a la curiosa libreta de Almonte, hoy conocemos los detalles hirtóricos del hecho.
Paternal y burlón, el viejo Gómez presenciaba la breve ceremonia, mientras Martí le sonreía y alzaba el cuello para que su elegancia natural no sifriera menoscabo alguno y el gran dominicano continuara siendo a sus anchas ante el inusual espectáculo.
El sastre, orgulloso y complaciente, abrió su ajada y vieja libreta de notas y comenzó a apuntar. Por los hombros de una persona de 42 años que la historia no olvidará jamás, caían los extremos del centímetro. A la vez que medía el cuerpo endeble del insólito cliente, apuntaba, sin saber a derecha que lo hacía para la posterioridad: "José Martí/ 45-76-20 (50-82) 102-80-81-78/65 cjaleco".
Esrtos simbólicos números, a la manera muy íntima o particular de aquel sastre prácticamente desconocido entonces y que por Gómez y Martí entró en los anales de la historia, reflejan de alguna manera las dimensiones de la carne albergó la conciencia de unos de los más grandes americanos que ha existido.
Con prisa, pero seguro de su oficio, el sastre cosió las modestas telas, de noche poco a poco nacieron las líneas del traje para el viaje y la típica chamarra dominicana, de oscuro azul.
Así pudo el ilustre peregrino cubano despojarse de sus gastadas ropas, estropeadas en sus largas jornadas a caballo por Santo Domingo y pocos días más tarde de embarcó hacia la eternidad.
En Cuba libre, anotó Martí en su Diario de Campaña: "Abril 18. La ropa se secó a la fogata (...) Abril 22. Baño en el río (...) Me lavan mi ropa azul, mi chamarreta". Y el día 28, en una carta a un amigo, expresa: "¿Y mi traje? pues pantalón y chamarra azul, sombrero negro y alpargatas".
Un soldado español que le vio morir, contó que Martí vestía con "traje de rayadillo gris oscuro, con ligeras listas blancas". En fin, con la chamarra montecriseña transitó el Maestro luego de su muerte en Dos Ríos, por los cincos entierros que ya conocemos. Con aquella modesta chamarra que le hizo con amor y entre la risa admiradora de Gómez, el buen sastre "Monguín".
A PRUEBA DE GRILLETE
El Generalísimo Máximo Gómez dijo que José Martí era "un cubano a prueba de grillete", porque lo había sentido en su carne "cuando apenas tenía bigotes".
En Octubre 21 de 1869 ingresó en la Cárcel Nacional, acusado de infidencia y el 4 de Abril de 1870 es internado en el Presidio Departamental de La Habana, donde lo destinan a la primera brigada de blancos y le asignaron el número 113.
El 5 de abril le cortan el cabello y se viste con la ropa de presidiario; además, le fijan un grillete, unido a la cadena que rodea su cintura. Lo destinan a trabajar a las canteras de San Lázaro.
El 5 de Agosto Doña Leonor dirige al gobernador superior civil una carta en la que pide indulgencia para su hijo, menor de edad. Mientras, Don Mariano hace gestiones antes José maría Sardá, arrendatario de las canteras y amigo personal del Capit´çan General, para que interceda ante este y pida la disminuición del rigor de la pena.
En ese mismo mes de agosto es enviado a la cigarrería del penal, y luego a La Cabaña, en atención a su estado de salud. Y el 5 de septiembre el Capitán General lo indulta y conmuta la pena por la de "ser relegado a Isla de pinos", A donde llega el 13 de octubre en calidad de deportado. Allí lo toma bajo su garantía personal José María Sardá, quien lo lleva hasta su finca El Abra y le asigna una habitación en el segundo cuerpo de los edificios de la residencia.
El 6 de diciembre Doña Leonor dirige al Capitán General una solicitud en la que suplica que traslade a su hijo a España, donde podrá continuar estudiando. Elñ 18 de diciembre sale de la Isla de Pinos hacia La Habana y el 15 de Enero del año siguiente, 1871, embarca desterrado hacia España en el vapor Guipúzcoa, cuando aún no tenía 18 años.
Lesión que nunca sanó
Como los demás prisioneros, en las canteras de San Lázaro el joven tenía que excavar y desbaratar las piedras duras a golpe de pico y acarrearlas a los volquetes o hasta los hommos de las canteras, en lo alto de uno de los tajos de una loma.
Allí arrastró durante amargos días el grillete pesado de hierro viejo que le royó el tobillo y la cintura, pese a las almohadillas hechas por su progenitora, Doña Leonor, y que su padre, Don Mariano,le había puesto para atenuar el daño del oxidado metal del presidio.
Sufriendo algunos trastornos visuales provocadas por un golpe de la cadena que sostenía el grillete, salió el delgaducho adolescente de aquellas canteras, pálido y triste.
Le hicieron tres operaciones
En el Diario de Soldado, las memorias de campaña del amigo del alma de José Martí, Fermín Valdés Domínguez, se explica que el Maestro salió del presidio muy mañ de salud y en esas condiciones y pobre, lo encontró en Madrid, España.
"Estaba-escribió-muy enfermo. Dos veces lo había operado de un sarcocele provocado por un golpe del grillo, en las crueles faenas de las canteras. Nunca se curó de este, que fuera para él terrible padecimiento, por las operaciones hechas a destiempo y en muy deficientes condiciones y que tantas veces le obligaron a guardar cama y le impidieron andar.
"Oh -continúa- pena grande fue la mía al encontrarlo (...) viviendo en una buhardilla y comiendo gracias a unas clases que daba en casa de don Leandro Álvarez Torrijo y de la señora viuda del general cubano Ravenet. DElgado, sombrío el semblante, parecía un condenado a muerte por la enfermedad"
Enfermo también Fermín, los dos fueron atendidos por los doctores Hilario Candela y Gómez Pamo. Refiere Valdés Domínguez en su diario que acordaron operar de nuevo a Martí y en aquella difícil intervención quirúrgica, se comprobaron los defectos, ya irremediables, de las anteriores. No quedó curado, pero ambos decidieron seguir sus carreras, ya que solo eso podrían hacer, dado sus estados físicos.
Cuenta Fermín que se reunieron en la casa del entusiasta cubano Carlos Sauvalle, un 27 de novienbre, para conmemorar el día fatídico. Y relata:
"Martí acaba de sufrir otra operación y pálido y demacrado, me acompañaba con su amable sonrisa y en su frente una sombra de honda tristeza. A pesar de estar débil y enfermo, habló. Y fue su oración, patriótica y enérgica, tan hermosa y arrebatadora, que en aquella sala no había corazón que no se agitara de pena, ni ojos que no lloraran, ni labios que no se abrieran para aclamarlo."
Martí muestra sus cicatrices
En Madrid, por la cuesta de Atocha -según cuenta un historiador - vio Martí subir, en dirección contraria a Manuel Fraga, otro cubano desterrado. Le acompañaba un joven a quien no conocía y le fue presentado: Zeno gandia, suramericano. Cuando el criollo le tendió la mano, pronunció Martí estas palabras: "Usted no me conoce bien. Es preciso que antes de darme su mano piense si es digno de estrecharla un hombre ultrajado que aún no ha recibido satisfacción a su decoro".
Fraga, burlonamente, se hechó a reir, pero Martí, muy serio, atrajo al criollo sorprendido hacia el interior de un vestíbulo y, abriéndose la camisa, le mostró las cicatricas de prisionero, a medio sanar. El intrigante, ante esa vigorosa evidencia, no tuvo el valor de pronunciar ni una sola palabra más.
Al llegar a su humilde cuarto de desterrado, fue que se sentó a redactar su célebre memoria El Presidio Político en Cuba. Había pasado un instante de justificada ira. Después escribiría en esa propia obra:" ¿A qué hablar de mí mismo, ahora que hablo de sufrimiento, si otros han sufrido más que yo?".
Cuando los sucesos del 27 de noviembre de 1871, temblando de fiebre, visito la oscura redacción de El Jurado Federal y mostró allí las cartas de La Habana que narraban las trágicas horas vividas por los estudiantes.
En México, en 1876, en la primavera, Martí enfermó se enfermo de su vieja lesión inguinal que de tiempo en tiempo le despertaba la carne a los recuerdos del presidio.
En 1878, luego del Zanjón,el General Blanco, Capitán General de la Isla, sustituto del Greneral Arsenio Martínez Campos, se atrevió a sugerir a Martí - en ese momento en Cuba- que lo excluiría del proceso de enjuiciamiento de conspiradores si declaraba en los periódicos su adhesión al gobierno de España. martí contestó, indignado: "Díganle al General Blanco que José Martí y Pérez no es de la raza vendible".
Un año antes, en 1872, en la primera carta que escribió a Gómez, con 24 años (que no fue enviada o que no llegó a su destino) dijo al ilustrado dominicano: "De mí tal vez nadie le dé razón (...) De la ecsuela fui a la cárcel y a un presidio y a un destierro y a otro".
En sus andanzas y fogosidades de agitador revolucionario en Nueva York, que no le dejaban remendar un poco a su salud, se pasaba días enteros apenas sin comer, solo con vino de Mariani, con el que podía controlar un tanto el intenso frío.
A su paso por Tampa, cayó de nuevo enfermo Martí. Habló a los tabaqueros y se hospedó en el Hotel Duval. Tres veces intervino en la recepción dada en su nombre, pero los discursos hicieron que amaneciera postrado, con una severa broncolaringitis y así estuvo varios días, tiempo en que escribió a Gonzalo de Quesada y Aróstegui:
"En cama y muy mal. Mucho mérito en el pueblo y muchos corazones nobles. Desde la cama, junto. Aqui me tiene, rodeado de una guardia de amor. pero no puedo escribir, ni me iré sino cuando esté en razón".
Le visitó una comisión encabezada por Lamadriz, Poyo y Fernando Figueredo. Dijeron que allí "ya todo estaba hecho", pero Martí les aclaró que "casi todo estaba por hacer".
La trayectoria política y estética de José Martí entre los años 1889 a 1893 en los Estados Unidos es muy amplia, pero hay un elemento que lo caracteriza, y es su constante evolución como revolucionario radical, al respecto dice José Antonio Portuondo en el ensayo "Introducción al estudio de las ideas sociales de Martí":
Su indiscutible perennidad descansa en la honda pasión de amor y de justicia que alienta en sus escritos y en el radicalismo que lo hermana a Carlos Marx y a todos que para alzar hombres y pueblos hundieron las manos creadoras en las extrañas del mundo.
Sabemos que, para Martí dicha etapa fue decisiva por el quehacer revolucionario. Durante la misma, ocupa lugar muy importante el trabajo periodístico en la corresponsalía para diferentes diarios latinoamericanos, podrían citarse colaboraciones publicadas por La Nación /Buenos Aires, Argentina) y El Partido Liberal (México). Pero en estos años, se centra fundamentalmente en dirigir Patria, del cual es fundador. El interés mayor será mantener viva y latente la unidad ideológica- revolucionaria, mientras el periódico pasa a ser portavoz del nuevo partido que pronto creará, y vehículo informativo y educar orientado a las grandes masas que van a leerlo.
Es interesante como el Maestro, habla ya sobre la indiscutible unión que debía ligar al Partido Revolucionario Cubano y el pueblo, pues plantea que nace:
Del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. [... ] Perdura lo que el pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano.
Por tan destacada labor pública y política durante la estancia en Nueva York, varios países americanos lo eligen cónsul de sus respectivos pueblos, así representará al Paraguay, Argentina y Uruguay, e incluso asiste como delegado a la Conferencia Internacional Americana y posteriormente participa en la Conferencia Monetaria Internacional, en su debido momento y ante tareas urgentes que lo consagran a la preparación de la guerra necesaria, renunciará a esos cargos diplomáticos.
La literatura martiana crece sustancialmente en esta época, publica La Edad de Oro "para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes y se vive hoy, en América, y en las demás tierras", verdadero clásico en la literatura infantil en lengua española. Edita el ensayo "Nuestra América", profética plataforma para la lucha, con una reconocida belleza que lo trasciende y sus Versos Sencillos, salidos del corazón en un invierno en que se reunieron en Washington los pueblos hispaniamericanos.
Ese orden creador tiene otra zona trascendental en el género tribunicio, pues en el período que media entre 1889 y 1893 pronuncia unos quince discursos, muy variados por el contenido; destacándose algunos, por la raíz revolucionaria y patriótica que los estremece, son tales "Con todos, y para el bien de todos" Y "Los Pinos Nuevos".
Dichas piezas propician un brillante momento en su oratoria política, cuya función era lograr la unión entre los emigrados, evitar odios inútiles, rencillas personales y convocar a todos los que nombra con la dulcísima palabra "cubanos", para la lucha por la patria, en la ya inevitable guerra.
Se leen amboas discursos como oraciones de un mismo párrafo, pues una lectura cómplice enmarca asuntos, temas, recursos poéticos, que enlazan las más disímiles cláusulas y períodos. Así el orador enarbola la profecía libertaria ante un auditorio expectante, y entramos solícitos a su palabra vehemente: exhorta formar filas entre los que no temen la luz, censura a cobardes y aduladores, conversa, interroga y aclara múltiples dudas respecto al programa insurreccional y entonces, enfatiza con su plenitud verbal empleando "mienten" y "alcémenos" e instaura el sentido visionario tras la "fórmula del amor triunfante: con todos, y para el bien de todos".
Cierto que el tono final es elevado, más, responde a un breve interludio, para conocer mejor al "viajero" que llegado a Tampa, hace dos días, hablará nuevamente ante el mismo escenario y público, el 27 de noviembre durante la velada- homenaje a los estudiantes fusilados en 1871.
Si en el primer texto aparecían como símbolos claves: estrella, paloma, palmas y luz, ahora incorpora con renovada fuerza: ola, sol, árbol, rayo y pino. Ellos conforman un original sistema de imágenes que permiten a la voz tribunicia ir levantando su propio tono:
No siento hoy como ayer romper coléricas al pie de esta tribuna, coléricas y dolorosas, las olas del mar que trae de nuestra tierra la agonía y la ira, ni es llanto lo que oigo, ni manos suplicantes las que veo, ni cabezas caídas las que escuchan, -¡sino cabezas altas! y fuera de esas puertas repletas, viene la ola de un pueblo que marcha. ¡Así el sol, después de la sombra de la noche, levanta por el horizonte puro su copa de oro!
Reitera Martí aqui esa imagen obsesiva que le llega de la patria lejana, son las olas marinas que traen ira, agonía y dolor, en tanto recordamos un pasaje leído en la Conmemoración por el 10 de Octubre en 1887, "un aire sutil viene por sobre el mar, cargado de gemidos, a hablarnos de dolores que todavía no han logrado consuelo, de vivos que desaparecen en el misterio, de derechos mutilados".
Pero ahora encuentra válida la muerte necesaria y se refiere al recuerdo de los estudiantes masacrados, muestra las sombras oscuras que sembró en él las vivencias del presidio y pide con énfasis "cesen las lamentaciones", para finalizar nuevamente en un fuerte contraste entre la tarde hosca, el centello y la luz súbita con el júbilo profético: "¡eso somos nosotros: pinos nuevos!".
CONCEPCIÓN MARTIANA ACERCA DE LA ORATORIA.
En juicios anteriores hemos planteado que el período entre 1889 y 1893 es para Martí de gran agitación política. Su genio creador brilla en géneros tan importantes como el periodismo, la oratoria y el epistolar; haciéndose sentir con ellos no solo en los Estados Unidos sino también en América entera.
JUnto a los discursos referidos anteriormente, cosecha los pronunciados en las celebraciones por el 10 de Octubre, "Oración de Tampa y Cayo Hueso" y otros. El Poeta Nacional nicaraguense, Rubén Darío, a quien Martí llamó hijo y que lo conoció en este tiempo, dice el padre: "Su palabra, suave y delicada en el trato familiar, cambiaba su raso y blandura, en las tribunas, por los violentos cobres oratorios. Era orador, y orador de grande influencia, arrastrando muchedumbres".
Es imprescindible para nuestro trabajo determinar la posición martiana ante la oratoria, sobre esto plantea el investigador Cintio Vitier:
El fenómeno tribunicio, además, le interesó enormemente como objeto de estudio y como espectáculo: en Guatemala y en Caracas dio clases de oratoria, recordadas con admiración por sus discípulos (...) El tema es tan persistente a través de su obra, que no sería difícil establecer una martiana "teoría del orador".
El planteamiento lleva a considerar que la perocupación martiana por la oratoria, cuyos inicios están en la Universidad de Zaragoza, con el ejercicio de graduación sobre los oradores romanos, tiene dos vertientes: una teórico-pedagógica, ejercida durante las clases impartidas en Guatemala y Caracas, con numerosos testimonios, recordemos sobre este aspecto, que por el don proverbial los guatemaltecos le llamaron "Doctor Torrente" y un discípulo caraqueño señaló "su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime parecía poco ante aquel espíritu". la otra vertiene tiene carácter práctico y la encontramos en los innumerables discursos que pronunció.
A partir de los principios que Cicerón recoge en Diálogos del orador, Vitier señala el interés martiano por los siguientes aspectos:
1º Conocimiento de las oasiones. Se expone en la frase "el espíritu humano es la única retórica que debe estudiar el orador" o cuando enfatiza "el modo de dominar a los espíritus, el más seguro y honrado, es el de hacerse entender que se les conoce".
2º Instrucción universal. Este criterio se torna valedero en muchos apuntes martianos, pero en sus juveniles notas "Sobre la oratoria" exige un conocimiento general que abarque historia, literatura, arte, política, para luego dejarnos su propia sentencia: "orador sin instrucción es palmera sin arte".
3º Dominio del asunto: Martí señala que pensar y hablar con claridad garantiza la seguridad del tema escogido y son "misterio y resorte del éxito e influencia verdadera de un discurso".
4º Dignidad de la vida: Son variados los juicios martianos al respecto, ve en el orador un "hombre virtuoso que expresa ardientemente la pasión", pero es solamente en el artículo acerca del orador Wendell Phillips donde resume dicho concepto: " si fueron de oro sus palabras, todavía más de oro fueron sus hechos. Un orador brilla por lo que habla; pero definitivamente queda por lo que hace".
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