Un brindis por Gerardo

¿Quién no conoce a Gerardo Mier Dauvar en la Universidad de Matanzas? Un cubano auténtico. Basta con echarle una ojeada a su cabellera de nube plateada , a su piel curtida por el sol del trópico y los años para saber que estamos ante un hombre extraordinario. Pero es su voz —áspera, profunda y sabia, la misma que ha lidiado con la palabra encendida— la que delata, sin lugar a dudas, su profesión: Maestro.
Con una sonrisa entre nostálgica y cómplice, se refiere a sus primeros alumnos como “los pobres”, aquellos estudiantes que tuvo cuando, con pocos años y la imberbe determinación de un adolescente, comenzó a jugar en serio a ser profesor. Aunque en secreto sabe que fueron justo esos jóvenes quienes, a su vez, tuvieron el privilegio de romper la corola de su vocación pedagógica.
Contaba con muy pocos años cuando se incorporó al Destacamento “Manuel Ascunce Domenech” en Jagüey Grande. “Apenas unos meses de preparación, ¿te imaginas?”, dice, y en sus ojos se escapa el mismo asombro de aquel muchacho que respondió al llamado de Fidel Castro durante el II Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas. La Revolución Educacional necesitaba maestros, y él, como miles de su generación, se convirtió en la respuesta.
A más de cuatro décadas de distancia, aquel joven bisoño se ha transformado en un jinete experto de la palabra. Descendiente de maestros —“hijo de gato, caza ratón”—, pronto descubrió que enseñar era menos un oficio aprendido que una vocación heredada. Aprendió a soltar las bridas al corcel del verbo, cabalgando con soltura por kilómetros de clases de Español-Literatura que se convertirían en su territorio natural.
La estela pedagógica, dejada a su paso ha quedado impresa en Jaguey Grande, en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas “Carlos Marx”, en la Escuela Vocacional de Arte de Matanzas “Alfonso Pérez Isaac” y en la Universidad de Matanzas. “Tengo muchos alumnos en Cuba y fuera, y todos los recuerdo con mucho cariño. Creo que ellos también a mí”, afirma. Pero, como dijo Félix Varela: “La gloria de un maestro es hablar por la boca de sus discípulos”.
Su genio creativo floreció con especial fuerza en las aulas, como atestigua una anécdota que apenas tiene tiempo para relatarme. Allí diseñó experiencias que borraban la línea entre teoría y práctica. Una vez, mientras explicaba las oraciones unimembres, organizó con sus alumnos un grito colectivo de “¡Auxilio! ¡Socorro!” que hizo acudir, alarmado, a todo el plantel. “Imagina la revolución que armé”, ríe al recordarlo. Más que una travesura, fue una lección para demostrar la conexión intrínseca entre lenguaje, emoción y acción.
A lo largo de su carrera, Gerardo ha desempeñado múltiples responsabilidades —Director de Arte, secretario sindical en la Universidad—, acumulando satisfacciones y gratos recuerdos. Pero confiesa sin vacilar: “El aula es diferente. Allí me siento feliz”.
El día de nuestra entrevista coincidió con la entrega de uno de sus numerosos reconocimientos. Al escuchar su nombre, el auditorio estalló en aplausos. Subió al escenario con esa mezcla de humildad y seguridad que lo caracteriza; a ese mismo proscenio en que un día lo vi interpretar, en un festival sindical, el cuento de Onelio Jorge Cardoso: Un brindis por el Zonzo.
“Con el permiso del que sea, yo he venido a darme un trago por el Zonzo…”, comenzaba aquel monólogo.
Al recordar aquella interpretación, y al mirarlo, por un instante quise tomar el micrófono y convertirme en locutor para anunciar: “Con el permiso del que sea… en realidad, hemos venido todos a brindar por usted, profesor”.
Por: Yasnier Hinojosa
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